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Algunas notas sobre el “cine de romanos”

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A lo largo de los años en el que pasé a ser “un culo de hierro” de las sales de cine, fue acumulando unas ciertas bases que con la ayuda de los libros de historia me ayudaron a acceder a una cierta ideas sobre el “cine de romanos

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

A lo largo de los años en el que pasé a ser “un culo de hierro” de las sales de cine, fue acumulando unas ciertas bases que con la ayuda de los libros de historia me ayudaron a acceder a una cierta ideas sobre el “cine de romanos” que era como les llamaba en el pública a todas películas sobre la Antigüedad Clásica aunque transcurriera en la Mesopotamia. Los frutos fueron varios proyectos (un volumen sobre la egiptomanía fílmica, otro sobre la antigua Grecia con un apartado babilónico, que están publicados en la editorial de Kaosenlared, “La Cosecha Roja” que permanecen asequibles a quienes lo quieran conocer).  Incluso llegué a publicar una variante sobre su dimensión religiosa –judeocristiana- en un volumen titulado “En nombre del padre y del hijo. El cine y la Biblia” (Los Libros de la Frontera, Barcelona, 2009) que comprendía también una serie de capítulos sobre la conexión entre el Nuevo Testamento y el imperio romano.

La idea era realizar una edición sobre el “cine de romanos”, pero resulta que la nueva Ley de Propiedad intelectual no me permite hacerlo sin mediar algún tipo de contrato comercial. En espera de que se abra una puerta, la idea es ir publicando diversos capítulos por partes en la creencia de que pueden ser de interés.

Sí hay algo evidente en la decadencia y caída del Imperio Romano, es que tal cosa sucedió cuando la mayoría de su ciudadanía se sintió excluida en una lucha de clases que ganaron los patricios, pero que acabaron debilitando la base social del Imperio.

La película que más abiertamente trata esta cuestión es La caída del Imperio romano (The Fall of the Roman Empire, 1964) rodada en escenarios españoles por Anthony Mann…Fue una ruinosa tentativa de combinar el “colosal” con unas buenas dosis de información cultural (plenamente conseguidas en las intervenciones de Marco Aurelio y Timónides; la película asciende cuando ambos entran en escena,  y desciende cuando desaparecen), así como de ciertas reflexiones sobre  una caída que se prolongó durante 300 años, o sea por mucho más años de los que en otras épocas atrás subían y caían otros imperios (como el de Alejandro). Entre los elementos que se señalan como importantes se encuentran los siguientes detalles apuntados en la película:

Uno, la no integración de los bárbaros, un facto básica en las diferencias entre Marco Aurelio (integrador) y su hijo (represor). Marco Aurelio no quiere sus cabezas “sino su alma”, y acepta su diversidad, y ante el memorable desfile que ponen en evidencia la capacidad del cine para registrar vivamente la historia,   proclama: “No os parecéis en nada, ni en ropas, ni en tierras, ni en dioses”, pero todos forman parte de Roma”;

Dos, las grandes dificultades para adaptarse a los tiempos, una exigencia proclamada por el viejo senador disidente (Finlay Currie, cuya carrera como actor ganó en fama en la senectud, en su última intervención), que señala como en las épocas creativas (las Trajano, Adriano, Antonino y Marco Aurelio), Roma supo cambiar y crecer; ahora había cambiado la perspectiva de su historia, pero no se estaba a la altura;

Tres,  la imposibilidad de mantener la esclavitud, parte de un memorable discurso de Timónides en el senado que apunta hacia una razón de fondo, a los grandes terratenientes les interesa mucho más los campesinos “libres” que mantenerlos como esclavos; Timónides es también un estoico, o sea forma parte del sector intelectual que más lejos llegó en sus críticas a la esclavitud, y cuarto: el guión subraya el apogeo de la corrupción y de la depravación, una enfermedad que en la película atraviesa todos los estamentos, la clase alta, el senado, el ejército, y el pueblo, ajeno al dolor de los derrotados mientras vive su ración de pan y circo…

El debate sobre la esclavitud en el Senado en el que Timónides puede escuchar como algunos senadores afirman que los esclavos (que no desaprovecharían las ocasiones para pasarse a los bárbaros) ya no resultan rentables, el filósofo estoico comenta que habían romanos que se estaban percatando de algo obvio: que resultaba más beneficioso para ellos liberarlos.

Una interpretación también muy frecuente sobre el declive del mundo antiguo es que la mano de obra esclava ya no era tan rentable como las máquinas, lo que plantea un debate centrado en la evolución de la tecnología. Desde la perspectiva iniciada por Gibbon en el siglo XVIII, la antigua esclavitud se convirtió en una rémora desde el momento en que la máquina comenzó a ser más rentable, pero lo cierto es que la máquina tardó en llegar, y que el fin de la esclavitud clásica dio paso a los colonos, a otra forma de dependencia diferente como la de los siervos, con los que los terratenientes tenían un contrato “libre”, o sea no estaban obligados a mantenerlos como a los esclavos (en dos películas satíricas, el “Escipión” de Luigi Magni, y en “Golfus de Roma” de Richard Lester, se juega con escenas de esclavos que únicamente piensan en comer y que no quieren ni oír hablar de libertad). Los romanos siguieron prefiriendo los esclavos a las máquinas, y su fin lo fue también de la esclavitud a gran escala, una lacra social que reaparecería con la expansión del capitalismo desde el siglo XV.

La película está muy influenciada por la obra de Edward Gibbon (1737-1794)  Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (de la que se ha hecho recientemente una edición abreviada, Alba, Barcelona, 2000), publicada en seis tomos  entre 1776-1788, es el fruto de 20 años de investigación, y supone la mayor aportación de la Ilustración contra los esquemas históricos sobre Roma impuestos por la tradición católica y por los “filósofos” que no consideraban imprescindible la investigación.

En su introducción, el historiador Franco Momigliano, afirma: “Gibbon abrió nuevos caminos no con sus ideas sobre la decadencia de Roma, sino ofreciendo los tesoros de la erudición a la contemplación del historiador filósofo. Al hacerlo así, reunió inesperadamente dos métodos de escribir la historia que hasta entonces habían parecido inevitablemente opuestos:

En primer lugar presentó las teorías de los historiadores filósofos en un modo más persuasivo. En segundo lugar demostró que la erudición no comportaba necesariamente la ausencia de elegancia y de reflexión”. Gibbon atribuyó la decadencia final del Imperio Romano a la acción conjunta de los bárbaros y los cristianos.

Con este punto de vista suscitó la reacción los tradicionalistas. Creía que la pérdida de la libertad intelectual fue determinante en dicho ocaso: “La libertad pensamiento –escribió–, fuente de cualquier sentimiento generoso y racional, fue destruida por el hábito de la credulidad y de la sumisión; y el monje, contrayendo los vicios del esclavo, seguía devotamente la fe y las pasiones de su tirano eclesiástico”. Al margen de sus puntos polémicos, no hay duda que Gibbon “revolucionó” los esquemas sobre historia de Roma y lo hizo con gran estilo. Su Roma es una ciudad ideal y la narración de su decadencia se encuentra envuelta en la nostalgia y una cínica observación sin par. Su erudición era grande y aunque la investigación moderna le pueda corregir a veces, como obra de arte, su historia, no puede ser sustituida como no lo pueden ser los dramas romanos de Shakespeare.

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