Decir que cierto sector empresarial es fascista legitima indirectamente una civilización de capitalistas ‘no fascistas’.

Lo normal y general en los países es que actúen capitalistas políticos ejerciendo su necesaria violencia intrínseca.

Condenar solo uno de sus recursos como algo extraordinario, brutal, criminal, cínico, ‘fascista’, es aceptar como válida la violencia empresarial diaria, patronal, democrática, constitucional… el sello de su civilización.

La realidad es una violencia permanente bajo diferentes formas, democracia, guerra, dictadura, paramilitarismo…, cada una con su lenguaje ideológico propio

Lo ordinario es el discurso político culto de derechos, libertades, elecciones libres. Solo en ocasiones se pasa por un tiempo al mensaje de la agresión rabiosa sin disfraces.

La desigualdad, el racismo, la explotación, el robo imperialista de recursos naturales imperialista, la destrucción del medio ambiente… se hace sin necesidad de camisas negras o pardas; al modo empresarial liberal.

Bolsonaro es tan político de la época como Obama destruyendo Libia o Clinton bombardeando Yugoslavia. El demócrata Truman hizo algo que Hitler no pudo, lanzar bombas atómicas sobre ciudades donde vivían cientos de miles de civiles.

El sistema es violento y se llama de libre empresa: al otro lado del 1% rico se deja deliberadamente a miles de millones en la miseria.

La insostenibilidad que va al colapso se producirá por la destrucción de la vida y el medio ambiente cualquiera sea la forma de violencia del gran empresariado.

Los llamados fascistas fueron sujetos de una forma particular en Italia. Lo importante no son los desfiles con antorchas sino el dominio de magnates destruyendo el futuro de las vidas en la Tierra.

Una izquierda del sistema es conservadurismo

Rómulo Pardo Silva

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