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Los viajes astrales. Por Daniel Pizarro

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A los más incrédulos les comento que los viajes astrales son una realidad evidente, sobre todo en las noches de insomnio. Uno se desprende de sí mismo y vuela, por así decirlo, hacia otras regiones como una nube de polvo cósmico que de pronto se condensa en un cuerpo astral. No es fácil explicarlo, ya lo sé, pero me sucede muy seguido y hasta pienso que podría tratarse de un vicio o alguna enfermedad del espíritu. Me desdoblo y viajo, no hay caso. En las noches de insomnio, ya se dijo.

A todo esto, pongamos que mi nombre es Juan y que hace muchos años conocí a un hombre del país del norte llamado John. Diría que fuimos como almas gemelas. Habíamos nacido con días de diferencia. Subíamos montañas escarpadas, escalábamos rocas, escribíamos historias de ficción. Nuestros hilos vitales se enredaron por un tiempo y a eso, en algunos casos, se le puede llamar amistad.

Hasta que un día John se volvió al país del norte y el olvido hizo su trabajo de rutina. Yo nunca me moví de mi lugar a no ser con el concurso de mis viajes astrales. Tengo la perseverancia de un burro, para que sepan. Pero bueno. Digo que había olvidado por completo a John y su vida en el país del norte, por no decir the land of freedom. Hasta que otro día, hace poco, recibí un mensaje en la bandeja de spam del correo electrónico: Hello, World: Meet Our Restaurant! Era un baño de entusiasmo, hay que decirlo. Sin embargo, no estaba dirigido a mí sino a una masa anónima bajo la modalidad de envío con copia oculta.

Lo leí con mucha atención. Digo que me sobra el tiempo, pues suprimo las distancias con mis viajes en forma de polvo estelar o cósmico. A la velocidad de la luz anticipo lo que no me interesa y lo descarto del itinerario. Podría ser una forma más evolucionada de idiotismo; todo es posible. Pero bueno. Digo que seguí leyendo el anuncio de John escrito en un lenguaje cercano, amistoso, como para hacerte sentir que estaba dedicado a ti, nada más que a ti. Por supuesto, sentí todo lo contrario; sentí que me refregaban un pañuelo untado en falsedad. Los viajes astrales te ponen muy desconfiado.

Las palabras estallaban ante mis ojos como los sabores de la tierra prometida. Todas las frases se cerraban con un signo de exclamación, todas rezumaban la misma falsedad. Pero, cómo decirlo… Era una falsedad sincera. Una mentira expresada de todo corazón, diría yo. Una de ellas me dejó pensando: We are incredibly excited to share this bounty with you!, lo que a mi modo traduje por Nos morimos de ganas por compartir este regalo contigo. ¿Qué regalo?, me pregunté, buscando alrededor algún objeto materializado en forma de cuerpo astral. Pero no encontré nada nuevo en mi pieza.

*

Y no me moví de mi lugar. Ya se dijo. No se me ocurrió viajar al país del norte, por no decir el imperio, para conocer el restaurante de John ubicado en un barrio céntrico de Nueva York, ni más ni menos. Se los juro. ¿Saben qué hice, en cambio? Me colgué de su propio mensaje y le escribí directamente para ponerlo al tanto de mi vida. Lo hice en un castellano simple para no confundirlo: Sigo subiendo montañas. Sigo escalando rocas. Sigo escribiendo, como siempre.

Me expresé con un énfasis violento que debe haber oscurecido el panorama de mi existencia, por no decir los hechos más básicos y evidentes, demostrando más bien mi voluntad de afirmación frente a la enfermedad viajera que me poseía antes que una realidad cotidiana y palpable.

Contra mis expectativas, el hombre del imperio –qué feo suena– me contestó a los pocos días usando una cuenta personal de correo en vez de la casilla para promocionar el restaurante. Su entusiasmo seguía en pie como si fuera una marca de estilo, la misma mano para redactar mensajes publicitarios y responder cartas de amigos.

Me describió su vida actual en un primer plano vibrante, con una intensidad que hasta me hizo sentir vergüenza por haber omitido o puesto en segundo plano lo que podría entenderse comúnmente por vida real, esa vida que es de todos y se deja compartir. Debe ser otro problema mío relacionado con los viajes astrales, de los que me confieso un devoto. Si yo siguiera por el camino habitual debería escribir a renglón seguido: había una vez un hombre con un restaurante en Nueva York, y otro hombre del que se sabía muy poco pero seguía declarando voluntades, manifestando intenciones, etc. Pero a mí, la verdad, me cuesta un mundo contar mi propia historia; debe ser una tara, un vicio o alguna tranca. Pienso que uno siempre desea contar una historia y acaba escribiendo otra muy diferente.

Pero bueno, otra vez. Nada de raro, digo yo, que en el párrafo siguiente John me advirtiera que si insistía en subir montañas escarpadas y trepar rocas terminaría hecho un guiñapo al fondo de una quebrada o pasaría el resto de mis días en silla de ruedas. Por si yo no lo sabía, los músculos se atrofian con los años y los reflejos se ponen cada vez más lerdos. Me lo advertía en un castellano transliterado del inglés, quizás por esa razón el estilo era torpe y como a prueba de retrasados mentales.

Sobre la vocación de escritor –¿o diré mejor la voluntad?–, ni una mísera palabra. Elocuente silencio, diría yo, el hombre de los viajes astrales. Para mí que su respuesta –la única posible– a mi declarada persistencia en el oficio incierto, como me gustaba llamarlo, era ese restaurante instalado en la ciudad de Nueva York, algo que en la historia paralela, que no pienso contar pero tal vez se esté contando por sí sola, debería lucir como un raquetazo desde el hemisferio norte hacia un ángulo inalcanzable de la cancha, un set match point desde NY City, por ponerlo en imágenes, que jamás han sido mi especialidad.

*

En la historia que sí me interesa contar –pero ignoro si se cuenta– en este punto aparece Steve, el amigo de John que se había comprado un departamento de tercer piso frente a un parque inmenso llamado Prospect Park, en Brooklyn, con el adelanto por los derechos de autor de su primera novela. Aunque ustedes no lo crean una vez estuve allí, hace un montón de años. Fue un verano tremendamente caluroso y húmedo. No conocí Nueva York gracias a los viajes astrales sino gracias a Steve, que había encargado a John el departamento mientras se encontraba en Europa negociando los derechos de autor por una nueva edición de su novela, lo que a esta altura ya debería ser su propio vicio.

Así es que voy a contar algunas cosas de mi viaje, sólo porque padezco de insomnio crónico. Por ejemplo, que en esos tiempos John todavía escalaba rocas, subía montañas, escribía ficción. A mi modo de ver se ganaba la vida de manera muy fácil; un día como barman, al siguiente revisando pruebas de imprenta; y al subsiguiente un amigo podía prestarle dinero. Al final del viaje rompimos un frasco de vidrio donde Steve juntaba los centavos, no por caso de necesidad sino como adorno. ¿Qué más?… Bueno, el inolvidable olor picante y fermentado del vestíbulo y las escaleras del edificio. Digo que lo mío son los viajes astrales, el polvo cósmico.

*

Un verano Steve vino hasta el sur. Sin duda prefería los viajes en medios de transporte convencionales. El insomnio me lo recuerda con lujo de detalles. Traía una pesada máquina de escribir para dar los últimos y obsesivos retoques a su primera novela. Fuimos con un grupo de amigos a un pueblo en la costa por un par de semanas. Steve y John se trasladaron con sus respectivas máquinas de escribir al estilo de los escritores viajeros del país del norte. Pero mientras Steve se hacía tiempo para revisar y corregir sus textos, John capeaba las olas como un desaforado arriba de una cámara neumática que compramos en una vulgarización.

Y aunque no se crea, también escribía su propia novela. De todo el argumento recuerdo un solo episodio. Estaba ambientada en Texas, en las afueras de la ciudad donde había estudiado. Tal vez en el desierto o en algún lugar bastante árido. Un personaje untaba en grasa el tronco de un árbol con intenciones de fornicárselo. ¿Lo conseguía? No me acuerdo. Ese borrador de novela tenía cien páginas; era sólo el esqueleto, me había confesado como pidiendo disculpas. Según él le hacía falta toda la carne para alcanzar al menos unas quinientas páginas como la novela de su amigo Steve.

A Steve le intrigaba mucho ese pueblo en la costa. En primer lugar las casas construidas un metro bajo el suelo, con las ventanas a la altura de las caderas. Tampoco entendía que cada verano viajáramos al mismo lugar como si no existieran otros destinos. Debería haberle respondido que no era falta de curiosidad sino una curiosidad de otro género, propia de los que viajan por la vía astral. Pero nunca se lo dije.

Steve mentía, contaba historias fabulosas creyendo que las tomábamos en serio. Quizás episodios de su novela que ponía a prueba con nosotros. Digamos que en venganza una noche se nos ocurrió pagarle a un travesti de la calle para que se deslizara sigilosamente dentro de su cama. Pero en último momento John se arrepintió de la broma. Lo admiraba, lo respetaba e incluso le temía.

Una mañana partimos solos a la caleta de pescadores y a los pocos pasos sobre la arena me hizo saber que a John se le había muerto un hermano de diecisiete años. Su hermano mayor, me dijo. Su ídolo y superhéroe de infancia. Se había suicidado víctima de las drogas. La infidencia de Steve me dejó perplejo; supuse que no era otra de sus mentiras. Imaginé una colisión de dos planetas; el impacto había dejado a John fuera de órbita y desde entonces andaba a la deriva por el espacio-mundo. Más adelante me pregunté si yo habría recibido un impacto similar, algo que explicara mi devoción por los viajes astrales. Pero bueno, uno nunca va muy lejos con metáforas planetarias.

*

Insomne como sigo, leí de nuevo el aviso publicitario como quien busca pistas de un crimen borroso. Pasé por las frases entusiastas al trasluz de la vida de John, bajo ese fondo coloqué otro más, el mío, pues algunas imágenes adquieren relieve cuando uno sobrepone varias láminas, y a veces ni siquiera de ese modo. El hecho es que en algún momento de la noche me desmaterialicé. Tal cual. Convertido en polvo cósmico, enfermo o vicioso, entré por fin en su restaurante. Una mujer joven de delantal blanco me abrió las puertas con una sonrisa. Observé su gran obra, conocí a los dependientes. Un garzón me guió hacia una mesa vacía. John vino a abrazarme en cuanto me reconoció. Estaba orgulloso de su vida actual. Tuve la carta en mis manos, astralmente hablando. Potato skins loaded with Yakee queso, bacon, sour cream… Papas rellenas con queso, me dije. Y tocino. Y además crema ácida. ¿Qué más?, me dije, con saliva en la boca, con lágrimas en los ojos. ¿Eso sería todo? ¿No hay más?, me pregunté. ¿Nada más? ¿De qué estamos hechos? ¿Polvo cósmico, desorbitado? ¿Desea algo más?, me preguntó el garzón viendo que no me decidía. No, muchas gracias –respondí–, prefiero los viajes astrales. Así nomás fue.

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