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No son descarriadas, son supervivientes

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Hay algo extraño en el lenguaje: a veces nos resulta excesivo y otras ni siquiera alcanza para contar una realidad. Ocurre con la inexistencia de una palabra que debería nombrar el vacío, el de tener un hijo y perderlo. Una palabra para ocupar un hueco donde antes hubo algo y ahora ya no. Hablo de las mujeres que perdieron a un bebé, de las madres sin hijos, de las que no pueden echar mano del vocabulario para nombrar su orfandad. No existe término alguno -ni apenas un relato- que alcance para narrar cómo es que te arranquen a un hijo de los brazos, que te lo roben para que llore en una cuna que no es la tuya. De esas mujeres -torturadas por monjas y cuyos críos fueron entregados a otras familias- ni tan siquiera tenemos sus nombres.

Descarriadas (Teatro Al Punto) llegó la semana pasada a Teatro del Barrio de la mano de tres mujeres -Paloma Rodera, Luna Paredes y Laila Ripoll- con el objetivo, precisamente, de nombrar. Y también de reconstruir esa memoria histórica que nunca será un relato colectivo sin el testimonio femenino. No lo olviden: en todo hay una cuestión de género. También en el franquismo, donde se implantaron estos reformatorios para menores de edad embarazadas en los que se las maltrataba psicológica y físicamente, donde se las explotaba laboralmente -cosían ropa para El Corte Inglés y otras marcas- y donde les arrebataban el fruto de su vientre. Descarriadas, las llamaban. Supervivientes, decimos ahora.

La Maternidad de Peñagrande, como se conocía en la época, era una institución donde ingresaban menores de edad embarazadas a petición de sus tutores legales: “Al final acababan allí chicas de familias con pocos recursos en las que no podían ocuparse de una hija más, o muchas que desafiaban la moral de la época solo por fumar o vestir de una determinada manera”, explica Luna Paredes. También ingresaban “las de pago”, como explica este reportaje de El Confidencial: jóvenes de clase alta que usaban estos centros para ocultar su embarazo. Estas cárceles veladas comenzaron a funcionar en 1960 y permanecieron activas hasta 1985. “Yo nací en el 87 y no sabía que esto había ocurrido. Lo grave es que sucediese durante nuestra ‘maravillosa’ democracia, que a menudo sirve como ejemplo de lo bien que lo hicimos [en la Transición]”, apunta la directora de la obra Paloma Rodera, quien lleva dando forma a este proyecto desde hace tres años. “Ha quedado totalmente silenciado, como si fuese solo un ‘asunto de mujeres’”, añade Paredes. El centro de Peñagrande podía albergar hasta 600 internas, pero a día de hoy se desconoce cuántas mujeres estuvieron ingresadas en los 25 años en los que la institución estuvo en funcionamiento ni quiénes eran. Muchas de ellas incluso se suicidaron.

La obra -un monólogo teatral interpretado por Luna Paredes y escrito por Laila Ripoll- no emplea una narrativa convencional. Es un concierto de rock ambientado en los ochenta en el que la artista ocupa el escenario para contar una historia incómoda -la suya-, usando como hilo conductor canciones de Janis Joplin y Patti Smith. Afuera, la explosión de libertad; adentro, el letargo de la dictadura. “Era importante hablar de esto en el contexto de los ochenta. No de los sesenta en plena dictadura, sino en democracia”, señala la directora de la obra.

Aunque no es teatro documental -la historia de su protagonista es ficción-, tanto la directora como la intérprete se reunieron con varias mujeres que pasaron por la Maternidad de Peñagrande. “Muchas de ellas han vivido esto, han salido de este lugar, se han casado y han tenido hijos [de nuevo], y su marido e hijos no saben nada de esto porque ellas mismas han querido tapar esa parte de su biografía para poder empezar de nuevo. Conocimos a mujeres de 50 o 60 años que contaban esto por primera vez”, recuerda Paloma Rodera. “Las mujeres que estaban en estos centros no podían hablar las unas con las otras, no podían hacer amigas, no había una red. Y a eso se une que a las mujeres se nos enseña que si te ocurre algo malo, es mejor no contarlo”, dice Luna Paredes. De ahí que la puesta en escena sea un monólogo. Por un lado, para mostrar la soledad a la que se enfrentaron estas mujeres; por otro, porque lo legítimo es que tengan, al fin, su propio espacio dentro de la Historia. Sirva el teatro como herramienta de hacer genealogía, aunque sea desde la ficción.

Con los testimonios recogidos durante meses, la dramaturga Laila Ripoll ha dado forma a un texto en el que la protagonista se cuenta a sí misma en primera persona. “Laila siempre explica que, cuando empezó a escribir la historia, de repente recordó que tuvo una compañera del instituto que desapareció y que siempre estaba el rumor de que se la habían llevado al reformatorio de San Fernando”, apunta Paredes, quien nació tan solo un año después de que el Gobierno cerrase el centro de Peñagrande: “Solo pienso en que esto me podría haber pasado a mí o le podría haber pasado a mi madre. Saber esto nos condiciona como mujeres a día de hoy”, añade.

Descarriadas destapa un suceso que podría ser calificado como crimen de Estado, pero quizá lo más importante de la obra es que nos recuerda que España tiene pasado, pero no memoria. Tres mujeres -Rodera, Paredes y Ripoll- han decidido cuándo y cómo hablar de algo que las atañe a ellas, pero que interpela a todo el conjunto de la sociedad. Si lo personal es político, lo político debería resultarnos personal. Ya no se nos da la palabra, tampoco la tomamos. Nosotras inventamos la palabra. Una que nos sirva para contar nuestra verdad.

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