Inicio Cine y televisión Por qué Hollywood no puede dejar de hacer nuevas versiones de películas...

Por qué Hollywood no puede dejar de hacer nuevas versiones de películas extranjeras

61
0
Para un espectador ya familiarizado con la película francesa, Intouchables [Intocable, 2011], verla en su nueva versión norteamericana, The Upside, recién estrenada, puede darle a menudo la impresión de uno de esos juegos que te retan a reconocer las diferencias entre dos fotos aparentemente idénticas.

Lo esencial de una improbable amistad entre un hombre blanco y rico y un expresidiario negro se ha mantenido intacto, y la mayoría de los elementos que se han cambiado se detienen en lo superficial. El Driss que interpreta Omar Sy, roba un huevo de jade de su patrón, Philippe, adinerado y tetrapléjico (y que pronto se convertirá en mejor amigo), mientras que el Del de Kevin Hart le manga a Philip un ejemplar antiguo de Huckleberry Finn. Su pasión por los estilos musicales de Earth, Wind and Fire se ha trocado en amor a Aretha Franklin. Que Philippe se las arregle mucho mejor que su equivalente norteamericano en su primera cita con su romántica amiga por correspondencia algo cuenta, pero la alteración más significativa tiene que ser el traslado de París a New York.

Una excursión a altas horas de la noche, por antojo de comer algo, hasta la tienda de varios pisos de Gray’s Papaya, en Manhattan, con su puesto de perritos calientes, constituye la única pizca de detalle en una película a la que, por lo demás, se le ha borrado su tiempo y lugar. Fuera lo que fuese que haya podido decir sobre la disparidad socioeconómica en Francia, no sólo se ha perdido eso, sino que se ha deshecho de ello una industria que valora lo genérico como garantía de seguridad. El original fue objeto de amplias críticas en Francia por su mercadeo de estereotipos, pero al menos era real su distancia entre la “banlieue” y las calles de buen tono de París. The Upside hace un capricho de un capricho, sin sentido alguno de lo que significan las palabras “rico” o “pobre” en los Estados Unidos de hoy en día.

La necesidad cada vez mayor de Hollywood de disponer de material nuevo ha hecho de su pasado un cementerio de propiedad intelectual machacada, así es que The Upside llega al extremo de un máximo en las versiones nuevas (“remakes”) de películas extranjeras más intensamente aplaudidas. Pero el modelo de importaciones escogidas para que tengan el dudoso honor de una segunda vida en la industria norteamericana del entretenimiento sugiere que hay motivos de preocupación en ese énfasis en lo maleable y familiar. Se compran entonces por su potencial semejanza películas que antes distinguieron por su originalidad.

Los públicos que digieran la fantasía de Neil Burger, de educada armonía racial, se verán sometidos al “tráiler” de la adaptación de Catherine Hardwicke, directora de Twilight, del “thriller” mexicano Miss Bala, de 2011. La historia, más o menos verdadera, de Laura Guerrero, reina de la belleza reclutada a la fuerza para colaborar con la banda de La Estrella, era notable por su forma de concentrarse en el miedo y la indefensión, dos cualidades poco comunes e imprevisibles en la protagonista de una película de acción. En el “tráiler” de la nueva versión, de inminente estreno, la Gloria que interpreta Gina Rodriguez aprende a manejar un rifle, tiene a la DEA comiendo de su mano como agente doble y desata el infierno con unos cuantos tiros, que no parecerían fuera de lugar en una de las muchas imitaciones de Michael Mann que atestan los contenedores de cintas de gangas con descuento

Esas películas claramente encasilladas en su género y que se jactan de un anzuelo fácilmente orientado son las que tienden a hacer el viaje a través del Atlántico. Las comedias familiares parecen adaptarse mejor al guión, aunque vengan de países con un sentido del humor más ofensivo de lo que podrían captar los públicos norteamericanos. Force Majeure [Fuerza Mayor, de Ruben Östlund, 2014] gira en torno a la cobardía, inseguridad y fragilidad masculinas, así que ¿quién mejor para hacerlo aceptable para los paladares norteamericanos que Will Ferrell, que la interpreta junto a Julia-Louis Dreyfus? [Downhill, 2020]. Quizás seleccionar a Tom Hanks para el papel protagonista de la versión norteamericana de A Man Called Ove [Em man son heter Ove, Un hombre llamado Ove, 2015] le quitará toda la mordiente de la desgracia y los intentos de suicidio que preceden al reconfortante compañerismo de su mitad final. Por lo que toca a Toni Erdmann [de Maren Ade, 2016], programada para ser reelaborada con Kristen Wiig, ya la catalogué como un clon de That’s My Boy, de Adam Sandler, filmado con más arte y malintencionado, cuando la vi por primera vez en Cannes en 2016.

Llevamos reciclando constantemente desde hace decenios el género de terror foráneo, y no olvidemos el auge del “J-horror”, el cine de terror japonés de principios de este siglo, donde Hollywood entró a saco en el concepto de la casa encantada y los niños fantasmas de cara demacrada, a la vez que descartaba las florituras más extrañas de esas películas. Dicho sea en su favor, Nicolas Pesce ha dejado claro que su versión nueva de una nueva versión (“re-remake”) de The Grudge será una criatura suya propia, como si se adelantara a este fenómeno de volverse insulso que aquí discutimos. Sólo el tiempo nos dirá si las nuevas interpretaciones de la noruega Thelma (impulsos lésbicos reprimidos llevan a una violenta telekinesis y pájaros muertos) y de la austriaca Goodnight Mommy (un par de gemelos con el síndrome de Capgras trata de matar a su madre vendada, bajo la impresión de que se trata de una impostora) conserva el tono y subtexto de sus originales, además de los huesos de la premisa. Lo mismo vale para cintas de suspense del estilo de The Guilty [Den skyldige, 2018], producción danesa sobre un policía de guardia en llamadas de emergencia que resuelve un delito a través del teléfono, y que pronto se volverá a montar con Jake Gyllenhaal en el papel principal.

Un encargo de americanización no supone un certificado de defunción para la sutileza o la calidad, pero estas producciones tienen cualidades intangibles – distanciamiento, una vena sádica, una mayor comodidad con los finales infelices –  que resultan singulares de sus países de origen. Como alienígenas que se debaten por respirar la atmósfera de nuestra Tierra, algunas de estas películas no podrían sobrevivir en el mercado convencional mayoritario del cine sin una revisión significativa. Cuando estamos en el extranjero, aunque sea sólo en los multicines, gravitamos hacia lo que nos recuerda lo propio de casa.

Charles Bramesco
crítico de cine y televisión radicado en Brooklyn, colabora en medios como ‘Rolling Stone’, ‘Vanity Fair’, ‘Forbes’, ‘Newsweek’ entre otros.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here